Obras completas y otros cuentos augusto monterroso pdf




















Los textos han sido extrados de cinco de sus seis libros publicados: Obras completas y otros cuentos, ; La oveja negra y dems fbulas, ; Movi- miento perpetuo, ; Lo dems es silencio. La vida y la obra de Eduardo Torres, ; La palabra mgi- ca, Tambin he dejado de lado Viaje al centro de la fbula, , porque el carcter textual de las entrevistas que lo componen est algo atenuado debido a su origen, es decir porque el disparador son preguntas. Dentro de escasos minutos ocupar con elegancia su lugar ante el piano.

Va a recibir con una inclinacin casi imperceptible el ruidoso homenaje del pblico. Su vestido, cubierto de lentejuelas, brillar como si la luz reflejara sobre l el acelerado aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequea y exclusi- va sala, en la que mis amigos aprobarn o rechazarn no lo sabr nunca sus intentos de reproducir la ms bella msica, segn creo, del mundo. Lo creo, no lo s. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy acostumbrado a or que son insuperables y yo mismo he llegado a imaginarlo.

Y a decir que lo son. Particu- larmente preferira no encontrarme en tal caso. En lo ntimo estoy seguro de que no me agradan y sospecho que todos adivinan mi entusiasmo mentiroso.

Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista yo no tendra ahora este problema. Pero soy su padre y s mi deber, tengo que orla y apoyarla. Soy un hombre de negocios y slo me siento feliz cuando manejo las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los competidores, reclamo el primer lugar en ese arte.

La msica es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija es capaz de recrear esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, despus de las audiciones, la he visto llo- rar, a pesar de los aplausos. Por otra parte, si alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descu- brirlo entre la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad de ah en adelante. Pero es raro que alguien apruebe framente. Mis amigos ms cerca- nos han aprendido en carne propia que la frialdad en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos.

Si ella no hiciera una seal de que considera suficiente la. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir y entonces los veo cmo vigilan mis ma- nos, temerosos de adelantrseme en iniciar el silencio.

Al principio me engaaron y los cre sinceramente emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado por conocerlos. Un odio continuo y crecien- te se ha apoderado de m. Pero yo mismo soy falso y engaoso. Aplaudo sin conviccin. Yo no soy un artis- ta. La msica es bella, pero en el fondo no me importa que lo sea y me aburre.

Mis amigos tampoco son artis- tas. Me gusta mortificarlos, pero no me preocupan. Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las primeras filas y a cada instante anotan algo en sus libre- tas.

Reciben pases gratis que mi hija escribe con cuidado y les enva personalmente. Tambin los aborrezco. Son los periodistas. Claro que me temen y con frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o tres no tiene lmites y en ocasiones se han atrevido a de- cir que mi hija es una psima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista. Me lo afirman sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve los dedos con ms soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias.

Es verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no soy un artista y ella lo sabe bien. La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis enemigos puede ser el escondido factor de las escasas crticas negativas. No sera extrao que alguno de los que en este momento sonren, y que dentro de unos instantes aplaudirn, propicie esos juicios adversos. Tener un padre poderoso ha sido favorable y aciago al mismo tiempo para ella.

Me pregunto cul sera la opi- nin de la prensa si ella no fuera mi hija. Pienso con persistencia que nunca debi tener pretensiones artsti- cas.

Esto no nos ha trado sino incertidumbre e insom- nio. Pero nadie iba ni siquiera a soar, hace veinte aos, que yo llegara adonde he llegado. Jams podemos sa- ber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo que efectivamente vale. Es ridcula, en un hombre como yo, esa preocupacin. Que cuando la veo aparecer en el escenario un persis- tente rencor me hierve en el pecho, contra ella y contra m mismo, por haberle permitido seguir un camino tan equivocado.

Es mi hija, claro, pero por lo mismo no tena derecho a hacerme eso. Maana aparecer su nombre en los peridicos y los aplausos se multiplicarn en letras de molde. Ella se llenar de orgullo y me leer en voz alta la opinin laudatoria de los crticos.

No obstante, a medida que vaya llegando a los ltimos, tal vez a aqullos en que el elogio es ms admirativo y exaltado, podr observar cmo sus ojos irn humedecindose, y cmo su voz se apagar hasta convertirse en un dbil rumor, y cmo, finalmente, terminar llorando con un llanto desconso- lado e infinito.

Y yo me sentir, como todo mi poder, incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach y Mozart y Beethoven esta- ran complacidos de la habilidad con que mantiene vivo su mensaje. Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se desli- zarn sobre el teclado, la sala se llenar de msica, y yo estar sufriendo una vez ms.

Un clebre Psicoanalista se encontr cierto da en me- dio de la Selva, semiperdido. Con la fuerza que dan el instinto y el afn de inves- tigacin logr fcilmente subirse a un altsimo rbol, desde el cual pudo observar a su antojo no slo la lenta puesta del sol sino adems la vida y costumbres de algunos animales, que compar una y otra vez con las de los humanos.

En un principio no sucedi nada digno de mencio- narse, pero poco despus ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccion como lo haba venido haciendo desde que el hombre era hombre. El Lon estremeci la Selva con sus rugidos, sacu- di la melena majestuosamente como era su costumbre y hendi el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respir con mayor celeridad, vio un instan- te a los ojos del Len, dio media vuelta y se alej corriendo.

De regreso a la ciudad el clebre Psicoanalista public cum laude su famoso tratado en que demuestra que el Len es el animal ms infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el ms valiente y maduro: el Len ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de s, al que com- prende y que despus de todo no le ha hecho nada.

Hace muchos aos viva en Grecia un hombre llamado Ulises quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto , casado con Penlope, mujer bella y singular- mente dotada cuyo nico defecto era su desmedida aficin a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas. Dice la leyenda que en cada ocasin en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibi- ciones ella se dispona una vez ms a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le poda ver por las no- ches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a s mismo.

En un lejano pas existi hace muchos aos una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo despus, el rebao arrepentido le levant una estatua ecuestre que qued muy bien en el parque. As, en lo sucesivo, cada vez que aparecan ovejas negras eran rpidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y co- rrientes pudieran ejercitarse tambin en la escultura.

Hubo una vez un Rayo que cay dos veces en el mis- mo sitio; pero encontr que ya la primera haba hecho suficiente dao, que ya no era necesario, y se deprimi mucho. Dice la tradicin que en un lejano pas existi hace algunos aos un Bho que a fuerza de meditar y que- marse las pestaas estudiando, pensando, traducien- do, dando conferencias, escribiendo poemas, cuentos,.

Un da el Mal se encontr frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragrselo para acabar de una buena vez con aquella disputa ridcula; pero al verlo tan chi- co el Mal pens: Esto no puede ser ms que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan dbil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encoger tanto de vergenza que el Bien no desperdiciar la oportunidad y me tragar a m, con la diferencia de que entonces la gente pensar que l s hizo bien, pues es difcil sacar- la de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal est mal y lo que hace el Bien est bien.

Y as el Bien se salv una vez ms. Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soaba que era un escritor que escriba acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soaba que era una Cucaracha.

Haba una vez una Rana que quera ser una Rana au- tntica, y todos los das se esforzaba en ello. Al principio se compr un espejo en el que se mira- ba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces pareca encontrarla y otras no, segn el humor de ese da o de la hora, hasta que se cans de esto y guard el espejo en un bal. Por fin pens que la nica forma de conocer su pro- pio valor estaba en la opinin de la gente, y comenz a peinarse y a vestirse y a desvestirse cuando no le que- daba otro recurso para saber si los dems la aproba- ban y reconocan que era una Rana autntica.

Un da observ que lo que ms admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedic a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y senta que todos la aplaudan. Y as segua haciendo esfuerzos hasta que, dispues- ta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana autntica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las coman, y ella todava alcanzaba a or con amargura cuando decan que qu buena Rana, que pareca Pollo.

A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lgica ms elemental, razonaba los otros das el Caballo. Todo el mundo sabe continuaba en su razona- miento que si los Caballos furamos capaces de imaginar a Dios lo imaginaramos en forma de Jinete. Cerca del Bosque de Chapultepec vivi hace tiempo un hombre que se enriqueci y se hizo famoso criando Cuervos para los mejores parques zoolgicos del pas y del mundo y los cuales resultaron tan excelentes que a la vuelta de algunas generaciones y a fuerza de bue- na voluntad y perseverancia ya no intentaban sacar los ojos a su criador sino que por lo contrario se especiali- zaron en sacrselos a los mirones que sin falta y dando muestras del peor gusto repetan delante de ellos la vulgaridad de que no haba que criar Cuervos porque le sacaban a uno los ojos.

En la Selva viva hace mucho tiempo un Fabulista cuyos criticados se reunieron un da y lo visitaron para quejarse de l fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros , sobre la base de que sus crti- cas no nacan de la buena intencin sino del odio.

Como l estuvo de acuerdo, ellos se retiraron corri- dos, como la vez que la Cigarra se decidi y dijo a la Hormiga todo lo que tena que decirle. Cuando descubr a Borges, en , no lo entenda y ms bien me choc. Buscando a Kafka, encontr su pr- logo a La metamorfosis y por primera vez me enfrent a. Un nuevo universo, deslumbrante y ferozmente atrac- tivo. Pasar de aquel prlogo a todo lo que viniera de Borges ha constituido para m y para tantos otros algo tan necesario como respirar, al mismo tiempo que tan peligroso como acercarse ms de lo prudente a un abismo.

Seguirlo fue descubrir y descender a nuevos crculos: Chesterton, Melville, Bloy, Swedenborg, Joyce, Faulkner, Woolf; reanudar viejas relaciones: Cervantes, Quevedo, Hernndez; y finalmente volver a ese ilusorio Paraso de lo cotidiano: el barrio, el cine, la novela policial.

Por otra parte, el lenguaje. Hoy lo recibimos con cierta naturalidad, pero entonces aquel espaol tan ceido, tan conciso, tan elocuente, me produjo la mis- ma impresin que experimentara el que, acostumbra- do a pensar que alguien est muerto y enterrado, lo ve de pronto en la calle, ms vivo que nunca.

Por algn arte misterioso, este idioma nuestro, tan muerto y ente- rrado para mi generacin, adquira de sbito una fuer- za y una capacidad para las cuales lo considerbamos ya del todo negado. Ahora resultaba que era otra vez capaz de expresar cualquier cosa con claridad y preci- sin y belleza; que alguien nuestro poda contar nue- vamente e interesarnos nuevamente en una apora de Zenn, y que tambin alguien nuestro poda elevar no s si tambin nuevamente un relato policial a catego- ra artstica.

Sbditos de resignadas colonias, escpti- cos ante la utilidad de nuestra exprimida lengua, de- bemos a Borges el habernos devuelto, a travs de sus viajes por el ingls y el alemn, la fe en las posibilida- des del ineludible espaol. Acostumbrados como estamos a cierto tipo de lite- ratura, a determinadas maneras de conducir un relato, de resolver un poema, no es extrao que los modos de Borges nos sorprendan y que desde el primer momento lo aceptemos o no.

Su principal recurso literario es pre- cisamente eso: la sorpresa. A partir de la primera pala- bra de cualquiera de sus cuentos, todo puede suceder. As en el relato policial en que el detective es atrapado sin piedad vctima de su propia inteligen- cia, de su propia trama sutil , y muerto, por el desde- oso criminal; as en la melanclica revisin de la su- puesta obra del gnstico Nils Runeberg, en la que se concluye, con tranquila certidumbre, que Dios, para ser verdaderamente hombre, no encarn en un ser su- perior entre los hombres, como Cristo, o como Alejan- dro o Pitgoras, sino en la ms abyecta y por lo tanto ms humana envoltura de Judas.

Cuando un libro se inicia como La metamorfosis de Kafka, proponiendo: Al despertar Gregorio Samsa una maana, tras un sueo intranquilo, encontrse en su cama convertido en un monstruoso insecto, al lec- tor, a cualquier lector, no le queda otro remedio que decidirse, lo ms rpidamente posible, por una de estas dos inteligentes actitudes: tirar el libro, o leerlo hasta el fin sin detenerse.

Conocedor de que son innumera- bles los aburridos lectores que se deciden por la con- fortable primera solucin, Borges no nos aturde ade- lantndonos el primer golpe. Es ms elegante o ms cauto. Como Swift en los Viajes de Gulliver principia contndonos con inocencia que ste es apenas tercer hijo de un inofensivo pequeo hacendado, para intro- ducirnos a las maravillas de Tln Borges prefiere ins- talarse en una quinta de Ramos Meja, acompaado de un amigo, tan real, que ante la vista de un inquietante espejo se le ocurre recordar algo como esto: Los espejos y la cpula son abominables, porque multipli- can el nmero de los hombres.

Sabemos que este amigo, Adolfo Bioy Casares, existe; que es un ser de carne y hueso, que escribe asimismo fantasas; pero si as no fuera la sola atribucin de esta frase justificara su existencia. En las horrorosas alegoras realistas de Kafka se parte de un hecho absurdo o imposible para relatar en seguida todos los efectos y consecuencias de este hecho con lgica sosegada, con un realismo difcil de aceptar sin la buena fe o sin la credulidad previa del.

Cuando se lee, en cambio, Tln, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges, lo ms natural es pensar que se est ante un simple y hasta fatigoso ensayo cientfico ten- diente a demostrar, sin mayor nfasis, la existencia de un planeta desconocido.

Muchos lo seguirn creyendo durante toda su vida. Algunos tendrn sus sospechas y repetirn con ingenuidad lo que aquel obispo de que nos habla Rex Warner, el cual, refirindose a los hechos que se relatan en los Viajes de Gulliver, decla- r valerosamente que por su parte estaba convencido de que todo aquello no era ms que una sarta de menti- ras. Un amigo mo lleg a desorientarse en tal forma con El jardn de los senderos que se bifurcan, que me confes que lo que ms lo seduca de La biblioteca de Babel, incluido all, era el rasgo de ingenio que signi- ficaba el epgrafe, tomado de la Anatoma de la me- lancola, libro segn l a todas luces apcrifo.

Cuando le mostr el volumen de Burton y cre probarle que lo inventado era lo dems, opt desde ese momento por creerlo todo, o nada en absoluto, no recuerdo. A lograr este efecto de autenticidad contribuye en Borges la inclusin en el relato de personajes reales como Alfon- so Reyes, de presumible realidad como George Berke- ley, de lugares sabidos y familiares, de obras menos al alcance de la mano pero cuya existencia no es del todo improbable, como la Enciclopedia Britnica, a la que se puede atribuir cualquier cosa; el estilo reposado y periodstico a la manera de De Foe; la constante fir- meza en la adjetivacin, ya que son incontables las personas a quienes nada convence ms que un buen adjetivo en el lugar preciso.

Y por ltimo, el gran problema: la tentacin de imi- tarlo era casi irresistible; imitarlo, intil. Cualquiera puede permitirse imitar impunemente a Conrad, a Greene, a Durrell; no a Joyce, no a Borges. Resulta demasiado fcil y demasiado evidente. El encuentro con Borges no sucede nunca sin conse- cuencias. He aqu algunas de las cosas que pueden. Pasar a su lado sin darse cuenta malfica. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo durante un buen trecho para ver qu hace benfica.

Pasar a su lado, regresarse y seguirlo para siempre malfica. Descubrir que uno es tonto y que hasta ese momento no se le haba ocurrido una idea que ms o menos valiera la pena benfica. Descubrir que uno es inteligente, puesto que le gusta Borges benfica. Deslumbrarse con la fbula de Aquiles y la Tortuga y creer que por ah va la cosa malfica. Descubrir el infinito y la eternidad benfica. Preocuparse por el infinito y la eternidad benfica. Creer en el infinito y la eternidad malfica.

Dejar de escribir benfica. Era un poco tarde ya cuando el funcionario decidi seguir de nuevo el vuelo de la mosca. La mosca, por su parte, como sabindose objeto de aquella observa- cin, se esmer en el programado desarrollo de sus acrobacias zumbando para sus adentros, toda vez que saba que era una mosca domstica comn y corriente y que entre muchas posibles la del zumbido no era su mejor manera de brillar, al contrario de lo que suceda con sus evoluciones cada vez ms amplias y elegantes en torno del funcionario, quien vindolas recordaba plida pero insistentemente y como negndoselo a s mismo lo que l haba tenido que evolucionar alrede- dor de otros funcionarios para llegar a su actual altura, sin hacer mucho ruido tampoco y quiz con menos.

Despus, venciendo el bochorno de la hora, se acer- c a la ventana, la abri con firmeza, y mediante dos o tres bruscos movimientos del brazo el antebrazo y la mano derechos hizo salir a la mosca. Fuera, el aire tibio meca con suavidad las copas de los rboles, en tanto que a lo lejos las ltimas nubes doradas se hun- dan definitivamente en el fondo de la tarde. De vuelta en su escritorio, agotado por el esfuerzo, oprimi uno de cinco o seis botones y cmodamente reclinado sobre el codo izquierdo merced al hbil me- canismo de la silla giratoria ondulatoria esper a or Mande licenciado?

T dile a Sarabia que digo yo que la nombre y que la comisione aqu o en donde quiera que despus le explico. Nuestro idioma parece ser particularmente propicio para los juegos de palabras. Es curioso que sea difcil recordar alguno de Cer- vantes. Muchos aos despus Arniches imagnate, mencionarlo al lado de stos llega a la cumbre.

Como es natural, nosotros heredamos de los espaoles este vicio que, entre los escritores y poetas o meros intelec- tuales, se convierte en una verdadera plaga. Hay los que suponen que entre ms juegos de palabras interca- len en una conversacin principalmente si sta es se- ria los tendrn por ms ingeniosos, y no desperdician oportunidad de mostrar sus dotes en este terreno.

Es dificilsimo sacar a un manitico de stos de su error. Personaje digno de La Bruyre, no hay quien no lo conozca. A dondequiera que vaya es recibido con au- tntico horror por el miedo que se tiene a sus agude- zas, que slo l celebra o que los dems le festejan de vez en cuando para ver si se calma.

Lo visualizas y te res? Pues t tambin tendras que releer un poco tu Horacio. Shakespeare aterra con sus juegos de palabras a los traductores su merecido, por traidores , quienes no tienen ms remedio que recurrir a las notas de pie de pgina para explicar que tal cosa significa tambin tal otra y que ah estaba el chiste. Proust, t sabes, los dosifica majestuosamente. En las traducciones de Proust las notas casi desaparecen: cuando habla de las preciosas radicales no se necesita ser muy lista para darse cuenta de que est aludiendo a las pre- ciosas ridculas de Molire.

Joyce lleva las cosas a extremos demoniacos, por lo cual no se traduce Fin- negan's Wake. Entre nosotros, recuerdo, han sido bue- nos para esto Rubn Daro:. Kants y Niestzches y Schopenhauers ebrios de cerveza y azur iban, gracias al calembour a tomarse su chop en Auer's.

Y mi voz que madura y mi bosque madura y mi voz quemadura y mi voz quema dura. Pero lo anterior no tiene casi nada que ver con que Ons sea asesino, o con que amen a Panam, o con que seamos seres sosos, Ada. Ahora te lo explico. La otra noche me encontr al seor Ons, hijo del seor Ons, en una reunin de in- telectuales.

En cuanto me lo presentaron le dije vin- dolo fijamente a los ojos: Ons es asesino! Cuando not que, aterrado, estaba a punto de decirme que s, de confesarme algo horrible, me apresur a explicarle que se trataba de un simple palindroma. Qu gusto sent al notar que el alma le volva al cuerpo. Recuerda que palindromas son esas palabras o frases que pueden leerse igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, segn declara valientemente la Academia de la Lengua, aunque llamndolas palndromos, como si.

Y es aqu donde los asesinos de saln que hacen jue- gos de palabras para acabar con las conversaciones se encontraran con una verdadera dificultad. Hace ya varios aos nos entregbamos a este inocente juego lo ms que requiere es un poco de silencio y mirar de cuando en cuando al techo con un papel y un lpiz en la mano un grupo de ociosos del tipo de Juan Jos Arreola, Carlos Illescas, Ernesto Meja Snchez, Enrique Alatorre, Rubn Bonifaz Nuo, algn otro y yo.

Durante tardes enteras o noches a la mitad tom- bamos nuestros papelitos, trabajbamos silenciosos y all cada vez nos comunicbamos con jbilo nuestros hallazgos. Posteriormente lemos los famosos que el gran ma- go Julio Cortzar trae en Lejana, de Bestiario:.

Ahora yo tengo que confesar que jams pude ni he podido posteriormente hacer o encontrar un solo pa- lindroma que vaya ms all de los ya dados por la ma- dre naturaleza: oro, ara, ama, eme, etc. Sospecho que Meja Snchez tampoco,. Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista. Eduardo Torres. Sin empinarme, mido fcilmente un metro sesenta. Desde pequeo fui pequeo. Ni mi padre ni mi madre fueron altos. Cuando a los quince aos me di cuenta de que iba para bajito me puse a hacer cuantos ejercicios me recomendaron, los que no me convirtieron ni en ms alto ni en ms fuerte, pero me abrieron el apetito.

Esto s fue problema, porque en ese tiempo estbamos muy pobres. Aunque no recuerdo haber pasado nunca hambre, lo ms seguro es que durante mi adolescencia pas buenas temporadas de desnutricin. Con toda franqueza, Mr. Taylor las cabezas al- canzaron aquella popularidad que todos recordamos. No todos los tiempos son buenos. Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuo- sos.

Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. El progreso.

Fue el principio del fin. Las vereditas empezaron a languidecer. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas. En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Ya no me cupo duda. Ni aun el amor se iguala a este sentimiento. Hay quienes se conforman con un amigo. Existen aquellos a quienes no les bastan mil. Para eliminar esa contingencia deprimente cada programa se inicia con una breve sinopsis de lo narrado con anterioridad.

Un fondo musical adecuado es obliga- torio por reglamento. Este es un mensaje de esperanza. Tenga fe. Y es que los hombres, sean presidentes o no, son llenos de cosas. A una madre. Pero aunque uno no los leyera todos, eran la mejor herencia. Esta vez se trataba de una velada preparada algo a la carrera para el Desayuno Escolar. Estaba de buenas. Los dos se rieron mucho. El Director le dijo que estaba bueno y que le iba a hablar en segui- da.

Peor de [41] funcionarios. Pero lo mejor era interpretar la sugerencia del Presidente como una orden. Y en voz alta dijo: —Pobres criaturas. Ya van a empe-[43] zar a hacerte chistes.

Pero como cuando se te mete una cosa en la cabeza nadie te la saca. Lo que no me gusta es que estoy algo acatarrada. Pero yo creo que es por los nervios. Siempre que tengo que hacer algo importante en una fecha fija me da miedo de enfermarme y empiezo a pensar: ya me va a dar catarro, ya me va a dar catarro, hasta que me da de veras. Deben de ser los nervios. En fin, lo importante era sentir, porque cuando no se siente de nada sirve conocer todas las reglas.

Vamos a empezar. Era lo que ella pensaba: poco a poco. No pues. Yo creo que se debe al local que es muy chiqui- to. Yo creo que poco a poco vamos a ir saliendo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas. Tal vez cinco. Mi padre estaba ausente. Llego con los brazos cargados de paquetes. Arrojo algunos sobre la cama que parece una gran mesa de comedor cubierta con un extenso y liso mantel blanco de crochet. Hay sobre ella unos platos. Unos gran- des platos llenos de fruta.

Me fijo en los ojos del perro, tienen un raro fulgor. Tengo que terminar pronto. Para sobrevivir tengo que volver a sacar las ruedas, pero el me- canismo tiene otra falla y ahora se resisten tanto a salir como a volver a su primitivo sitio.

No me gusta la camisa de fuerza. Es un aparato infernal. Me arrojo al suelo. Agito con furia los pies. Los dejo quietos. Mi esposa y mi hijo me contemplan con enormes ojos azorados. Viene mi esposa —mi madre—; me pasa la mano por la frente, me limpia el sudor con suavidad, me da un poco de agua —muy poca—y me explica que aquello se llama una pesadilla. El nombre de un perro es tan importante como el perro mismo.

A veces tiene uno que decir cosas monstruosas. En todo caso, el perro tuvo una buena parte de culpa. Mi padre no pudo soportarlo. Era una tarde calurosa. El ladrillo en que apoyaba la cabeza se llenaba de vapor a cada gol- pe de sus pulmones. Contemplaba a mi padre limpio y contento. Notaba el contento en los ojos del perro. Tampoco lo hizo mi madre. Ni yo. No era necesario. Bueno, ya pueden imaginar esos minutos.

Desde entonces no lo hemos vuelto a ver. Tal vez, en realidad, mi marido no era tan malvado. Cuando esta idea desaparezca de su mente, sanara. La verdad es que su cabeza es monstruosa. Yo no tengo la culpa. Soy agente viajero. Tuve que hacerlo. Tuvo la fortuna de encontrar su lugar preferido.

El estilo, cierta gracia para hacer resaltar los detalles, lo era todo. La obra superaba a la materia. De esa nada ha creado una docena de libros. Katz, David. Animales y hombres. Leopoldo era un escritor minucioso, implacable consigo mismo. Lo obligaron las circunstancias. Era estudiante de secundaria y es- taba enamorado del cine y de la hija de su patrona.

Sin duda, era otro buen tema. La herida es peor que la enfermedad. Si nunca he estado mejor que ahora. Era curioso.



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